Julio Ríos  Twitter: @julio_rios

El Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México (NAICM), se cayó por dos cosas muy sencillas de entender: porque olía a Peña y porque involucraba a una clase empresarial que no le agrada a un amplio sector de la población que considera, que durante años, han sido oprimidos por ellos.

Jamás digo que esa visión sea cierta o adecuada. Solo digo que existe. Hay quienes piensan así, pues guardan un rencor social –merecido o no- hacia algunos personajes de la iniciativa privada, porque consideran que no siempre pagan los mejores sueldos o que las condiciones laborales enfocadas a la competitividad parecieran una forma de explotación disfrazada, y más aún en la era del outsorcing.

No centraré este artículo en la pérdida de miles de millones de pesos en la obra de Texcoco. Ni tampoco en la viabilidad de Santa Lucía. De ese tema ya otros se han encargado mejor de lo que yo podría hacerlo.

Más bien, abordo el renglón social. Eran previsibles los resultados de la consulta. La gente  -en este caso, poca- que acudió a votar, por supuesto que iba a pronunciarse en contra un proyecto insigne del peñismo. Todo lo que huela a Peña, la gente lo va a repudiar. ¿Qué ganan las tripas al decidir así?  Es verdad.  ¿Pero que esperaban? ¿Qué le agradecieran?

Y respecto a la visión que muchas personas  -yo no- tienen del empresariado mexicano como instrumentos de la explotación del hombre por el hombre, podemos decir, que no faltaron quienes vieron en esta consulta una oportunidad de revivir aquella lucha de clases que reivindicó en su tiempo, Carlos Marx. Mal entendida, por supuesto.

No fue por las armas como se desquitaron de quien según ellos es la clase explotadora. Fue a través de una consulta – un remedo de consulta muy cuestionada- como se “vengaron”, no de todo el empresariado, sino de algunos personajes que (según opinan en cierto sector social), supuestamente se habrían beneficiado durante décadas con contratos ventajosos.   No lo digo yo. Reproduzco lo que algunos creen.

Por ejemplo. Al respecto alguien me comentó: “Si esos empresarios fueran queridos, mucha gente habría acudido a votar en su favor. Pero no hubo quien se volcará a apoyarlos, al contrario. Fueron a desquitarse de ellos… Por algo será”.

Insisto. Puedo no coincidir con esa visión, pero hay quienes así lo creen. Una visión maniquea.

Lo cierto, y lo digo solo como paréntesis, es que al igual que Arcediano, o la Presa del Zapotillo u otros megaproyectos polémicos, una vez más querían aplicar la vieja receta: Empezar a construir donde nunca debió construirse y cuando venían las quejas, pregonaban que “La inversión ya va muy avanzada ¡Cómo vamos a echar eso para atrás! “.  Es decir: palo dado ni Dios lo quita.

Lo ocurrido con esta consulta, fue un desgaste innecesario para el presidente electo Andrés Manuel López Obrador, el cual aprovechó este tema para dar un golpe de autoridad.  No creo que haya sido lo más acertado, quizá habría otros temas que le habrían generado menos raspones.

Y también es cierto que la consulta decepcionó a muchos que creían en ese ejercicio inédito. Una vez que vimos que la consulta no resultó lo que muchos esperaban, coincido con quienes dicen que AMLO debió asumir el costo político y  no endosarle al “pueblo” (concepto etereo) la responsabilidad de esta decisión.

Debió dar la cara y argumentar que su gobierno tendrá otros proyectos de infraestructura como prioridad.

Finalmente… ¿Cuál es el mensaje político que quiere dar AMLO con esto?

Sencillo: Que se supone ya no habrá más canonjías para esa clase empresarial.

Enfatizo en el “se supone” porque aún falta ver a quien le dan los contratos de Santa Lucía.

Qué lástima que haya sido este tema de infraestructura con el que se dio el manotazo en la mesa.

Qué lástima que el tema se haya prestado a la polarización. Y no me refiero a que se discutan las opciones. Eso fue sano, involucrar a la gente para informarse.

Me refiero a que una vez más las redes se inundaron de mensajes clasistas, criticando que haya votado gente que “jamás se ha subido a un avión”, o porque son de estados del sur de la República, como si eso, los hiciera ciudadanos de segunda o de tercera.  Y lo decían con lenguaje muy discriminatorio.

Con esta primer aventura participativa, se perdió dinero ya invertido y  el peso sufrió un descalabro. Y existe preocupación por los Afores. Nadie podemos festejar ninguna de esas tres situaciones. Sobre todo porque termina pegándole indirectamente a los que menos tiene.

Y coincido con quienes dicen que López Obrador debe dosificar sus batallas. De lo contrario será muy desgastante el sexenio.

Y también coincido con quienes lamentan que las bolsas de valores tengan visiones cortoplacistas. Pero la realidad es que así funcionan los mercados. Que olvidan que el medio ambiente vale más.

Retomo un twitt de la periodista de NTR Violeta Meléndez que dice así:

“También la degradación ambiental es dinero perdido: en 2016 la devastación de los recursos naturales nos costó a los mexicanos  lo equivalente al 4.6% del PIB nacional…… Perder agua y biodiversidad igual resta competitividad”

Y por el medio ambiente nadie se indigna.

Y tampoco se indignan por los más de 35 mil desaparecidos. Ni por los 36 millones de mexicanos en pobreza o los 11 millones  en pobreza extrema. A esos nadie los defiende vehemente en redes como si defienden la inversión perdida en el aeropuerto de Texcoco que ya estaba muerto antes de nacer.

No lo hundió la consulta por más malhecha que haya estado.

Se murió desde que se construyó en un lugar donde no debía construirse y señalado en diversos medios de comunicación por presuntas irregularidades en el otorgamiento de contratos.

Se hundió desde que lo rodeó el tufo peñista.

Fue Peña, el que hundió al NAICM.